Amos Oz, el judío israelí laico

Sábado 29 de diciembre de 2018.- Desde esa definición, el escritor (Jerusalén, 1939) ha acometido la tarea de propugnar la paz, el entendimiento de los pueblos, el reconocimiento del Estado Palestino. Su muerte es un punto menos para esos propósitos, acaso uno más para el agua turbia que moja esas tierras de Levante, crispadas hoy sus almas con el empeño estadunidense por enrarecer el ambiente.

Pero ante todo, personalmente Oz reivindicaba su ascendencia, su pertenencia a una “nación judía” sostenida desde tiempos ancestrales en las palabras. Soportada en la confesión indisputable de no creer en Dios, en que su lengua natural era el hebreo y en que su identidad judía no estaba impulsada por la fe. Renegaba, debe aclararse, de los nacionalismos.

En 2012 Siruela publicó Los judíos y las palabras, libro a cuatro manos en el que el novelista afirma con su hija Fania Oz-Salzberger, historiadora y coautora, que los laicos conscientes de serlo no buscan tranquilidad sino inquietud intelectual, y aman las preguntas más que las respuestas. “Para los judíos laicos como nosotros –dicen–, la Biblia hebrea es una magnífica creación humana. Exclusivamente humana. La amamos y la cuestionamos”.

A propósito de libros, los autores dicen que Tolstói en un pilar tan gigantesco como Agnón y Bashevis Singer no está por encima de Thomas Mann: “Es mucho lo que valoramos de la literatura gentil y bastante lo que nos disgusta en las tradiciones judías”.

Como la reivindicación en palabras de Oz va de la mano de la autocrítica, plantea: “Una parte de las Escrituras, incluida la Biblia en sus más elocuentes momentos, hace alarde de opiniones que no podemos entender y establece normas que no podemos obedecer. Todos nuestros libros son falibles”.

De vuelta a las palabras, padre e hija plantean que mientras escribían ese libro, la historiadora revisa todas sus referencias en una iPad y no puede evitar “la dulce reflexión” de que la textualidad judía, en realidad toda textualidad, ha cerrado el círculo: de tableta a tableta, de manuscrito a manuscrito.

Amos Klausner desciende de una familia que emigró de Rusia en los años 20 a Jerusalén, donde estudio filosofía y literatura. No escapó a la milicia y fue soldado de reserva en la Guerra de los Seis Días (1967) en el Sinaí y en la de Yom Kippur en los Altos del Golán en 1973.

Como autor cambió su apellido a Oz, que significa “Fuerza”, y su narrativa le hizo merecedor de premios como el Goethe y el Príncipe de Asturias, pero su fama va también de la mano con su compromiso con el movimiento Paz Ahora.

Oz creaba imágenes literarias aun cuando hablaba. En una entrevista con The Paris Review de 1994, platica que comenzaba su rutina a las seis de la mañana con una caminata de 40 minutos por el desierto en invierno y había que ver la cara de los camellos cuando nevaba, fenómeno que ocurre cada dos o tres años en Arad, pequeño pueblo construido en 1961 en esa zona del Néguev. Se ha ido un grande de las letras.